Beigbeder: Las aventuras drogófilas de un aspirante a enfant terrible

Plantactiva

«Un lunes del pasado mes de febrero, el novelista Frédéric Beigbeder cruzó a las tres de madrugada el umbral de Le Baron, el sofisticado local de moda de París, para fumar un cigarrillo en la desierta avenida Marceau y, de paso, ventilarse unas rayas sobre el capó del primer coche que encontró. Inmenso error. Minutos más tarde era detenido con 2,6 gramos de cocaína en el bolsillo por una pareja de flics de paisano. Intentó huir a la carrera. Apenas sirvió para agravar la situación. “Fue horrible, pasé la noche en la comisaría del distrito VIII; en una celda más pequeña que este lugar” (y con el cuchillo de la mantequilla dibuja un rectángulo invisible en torno a la mesa que ocupamos en Chez Allard). “A la mañana siguiente, el fiscal me reconoció y se propuso dar un escarmiento. Me iba a enterar. La noticia se filtró a la prensa y me encerraron en la Conciergerie, la fortaleza donde estuvo recluida María Antonieta. Al tercer día me soltaron. Ahora tengo que ser bueno e ir a terapia. Pero lo que son las cosas, semanas más tarde, Sarkozy entregaba a mi hermano Charles las insignias de caballero de la Legión de Honor por su trayectoria empresarial en el palacio del Elíseo. Y allí estaba yo. En primera fila. Con mi familia. Frente al presidente. ¡Estuve a punto de meterme un tiro de coca en su exclusivo retrete!”.
(…)
P. ¿Usa drogas para escribir?

R. Escribí un libro tomando éxtasis (Nouvelles sous ecstasy, Gallimard, 1999). Escribir con drogas es agradable pero retrasa la escritura y la reemplaza. La droga empeora mi escritura. Es demasiado buena. Hay escritores con su escritura definida por la droga, Burroughs, Hunter Thompson…, pero a mí no me vale. La coca me hace escribir frases muy cortas y el vodka frases muy largas. Y el éxtasis me provoca problemas con la puntuación. Me quedo con el vino y la cerveza.»

El chico malo de Saint-Germain