La iraquización de México, por Carlos Monsiváis

Plantactiva

Felipe Calderón, presidente de México ha estado por España alardeando de sus esfuerzos como señor de la limpieza: “Si hay polvo saliendo de las ventanas, porque estamos limpiando la casa y poniéndola en orden”. El Rey y Zapatero le han alentado a seguir con su tarea, pero lo que sale por la ventana no es polvo, sino un torrente de sangre.

Frente al optimismo suicida del mandatario azteca (y en esta caso el uso de “azteca” va más allá de su sentido figurado), Carlos Monsiváis pintaba un retrato bastante más negro y mucho más realista del desastre mexicano en diciembre de 2007, y ni que decir tiene que la situación no ha mejorado un ápice desde entonces. Calderón no es el mayor enemigo de los narcos que están desgarrando a este país centroamericano, sino su mayor aliado, y nuestro rey, nuestro presidente y todos los que le animan a seguir por esta vía demencial, su cómplices en el crimen.

Con que se porten bien resucitan
por Carlos Monsiváis

publicado en El Universal

La pesadilla del narcotráfico es la gran operación interminable. Jefes policiacos exterminados, escoltas que perecen de cinco en cinco, venganzas que le dan la vuelta a las regiones, el duelo de los cárteles como encomiendas medievales, cabezas cortadas como la nueva caligrafía de la violencia, cajuelas como depósitos interminables de cadáveres, agentes aduanales a los que se mata por “delatar” o simplemente por haber estado allí, periodistas liquidados en el curso de sus investigaciones, enfrentamientos de narcos y militares, rescate de un cadáver a cargo de 50 ó 60 sicarios, levantones que señalan las guerras doble o triplemente sucias del narco, ingresos a YouTube de escenas de supresión brutal de enemigos, matanzas por el control de territorios o francamente porque sí, dumpings de la droga en la Frontera Norte, narcomenudeo que colma las cárceles y que, según las autoridades, no lleva trazas de disminuir; el crack como alucinación de las nuevas generaciones, las tachas como la otra música de las discotecas, los pases en las parties de la Joven Buena Sociedad, los junkies en las madrugadas del Centro Histórico, los cadáveres en sucesión como escenas del film próximo de George A. Romero (Mexicanisation of the dead).
[…]
A los apocalipsis de vuelta de la esquina les responde el optimismo profesional, el círculo de creyentes en el mejor de los mundos posibles, los políticos que con aire grave notifican su firme voluntad de “ya no más, hasta aquí”, y le prometen a la sociedad, juramento inscrito en el centro de sus corazones, velar por la salud de las familias y —cómo dudarlo— por el bienestar de la sociedad “hasta sus últimas consecuencias”, o a lo mejor aquí mezclé dos frases. Un ejemplo esplendente de lo anterior lo proporciona don Eugenio Hernández, gobernador de Tamaulipas (Proceso, 16/XII/2007). Entrevistado por Jorge Carrasco, el gobernador extiende en el piso virtual su consigna: “Dejad que los narcos entierren a los narcos”