Ricardo Portabales, peón de usar y tirar

Plantactiva

L@M/A Ricardo Portabales Rodríguez y su familia son unas víctimas más de la gran mentira de la prohibición, con unas particularidades muy concretas. Un artículo reciente,  Drogas, financiación y partidos políticos, citaba unas declaraciones suyas como indicador de la corrupción existente en torno a las drogas. Coincide que el Ministerio del Interior acaba de retirarle la ayuda económica y la protección a la cual se comprometió años atrás a cambio de la colaboración prestada.

Su hijo, también Ricardo,  ha denunciado la situación a los medios sin resultados y ha rastreado Internet en busca de espacios donde reivindicarse. Se ha expresado en este blog y, ahora, también lo hace el padre. Comunica su intención de desvelar información comprometida, ha grabado algunos documentos, los ha subido a Youtube y ha iniciado un blog. El asunto bien merece un libro.

Contrabando de cigarrillos

En Galicia, en los años 70 existía una economía sumergida basada en el contrabando de cigarrillos rubios americanos. Era la segunda actividad de innumerables personas. Pueblos enteros participaban del negocio, sin consideraciones delictivas ni negativas. Distintas familias se repartieron las zonas de descarga por toda la costa. Miembros de la Guardia Civil se enriquecieron con los sobornos derivados de una actividad ilegal pero consentida.

Durante la década siguiente, las mismas redes de recogida y distribución fueron empleadas para el mercadeo de otras sustancias, principalmente cocaína. Una descarga de droga valía por todas las del tabaco a lo largo de un año. El flujo de capital fue muy importante.  Muchos lo exhibieron de manera impúdica. Tal ostentación contrastaba brutalmente con otros resultados de la política anti-droga, con los miles de consumidores de heroína adulterada muertos en todo el país. Antonio Escohotado publicaba una carta dirigida a las madres de los fallecidos. La responsabilidad era y es de las autoridades, no de los distribuidores. La farsa, no obstante debía continuar al amparo de una ley internacional que promociona el mercado negro. Convenía un lavado de cara, que no de actividad.

El amenazado Portabales

“El amanecer del día 12 tuvo en la ría gallega una escenografía más propia de una superproducción de cine norteamericana. Había, además, una ligera niebla, que le confería un aire misterioso al ambiente. Así que, nada más despuntar las primera luces, el rugido de los motores de los helicópteros se adueñó de la zona. Los aparatos, tras sobrevolar al alba los pequeños pueblos aún adormilados, fueron supervisando una a una todas las detenciones. De una sola tacada cayeron los personajes más míticos del narcocontrabando  (sic).” Lo narra Pepe Rei en su libro Garzón,  la otra cara.

El juez Baltasar Barzón llevaba trabajando en el caso desde el mes de noviembre y volvió a echar mano de su manido recurso del arrepentido. Esta vez le tocó el turno a Ricardo Portabales, quién ya en 1.980 trabajaba de marinero. Conoció y participó de las redes de contrabando de toda la vida y fue a prisión por ello en 1.988. Allí recibió amenazas, razón por la cual decidió colaborar con la justicia. Fue usado y, ahora, abandonado. Portabales no se arrepintió de su vida, fue amenazado. Es razonable su enfado, por sí mismo, por su familia y por los inocentes como él (no se le conoce daño alguno a terceros) que ha conocido en la cárcel.

La prensa, controlada en este tema desde la creación de la FAD adjudicó las amenazas al entorno de los capos. Sin embargo, es revelador el siguiente párrafo de la Historia de las Drogas de Antonio Escohotado dedicado al aparato represor y a la naturaleza de sus colaboradores:

“A fin de sacar adelante su política de entrapments, el actual policía de estupefacientes recluta sujetos donde concurran varias circunstancias, entre las que destacan hallarse comprometidos previamente en delitos muy graves y la completa falta de lealtad.  Si esa deslealtad no posee en principio la magnitud exigible, se aplican amenazas directa e indirectas de muerte y ruina económica, complementadas con dinero, privilegios de venta en régimen de monopolio y rehabilitación de los crímenes cometidos antes de ser gusano.”

Al volver la página se puede leer:

“Otras veces los colaboradores son miembros de cuerpos policiales en países distintos, que llevan a sus últimas consecuencias los procedimientos del agente infiltrado. A este grupo pertenecen hombres como el Coronel F. Ventura, adornado por un buen sentido del humor:

‘Atas a un hombre, le vendas los ojos, le llenas la boca con un trapo, sacudes unas botellas de algo espumoso y le pones un gollete en cada ventana de la nariz. Es un detector de mentiras excelente, tan eficaz como electrodos en los cojones. Así nos cuentan hasta las cosas que hicieron mañana’. “

Al final de la película, las declaraciones de R. Portabales no fueron tenidas en cuenta. Personas relevantes hubieran podido ir a prisión. La operación Nécora funcionó como una fuente de distorsión y, si cabe, como un elemento más para justificar la ley de Seguridad Ciudadana de 1.992. Desde entonces, el mercado de drogas y su consumo ha aumentado considerablemente. El suministro está garantizado; la seguridad ciudadana no.

Bibliografía

Pepe Rei; Garzón,  la otra cara; Ed. Txalaparta; Tafalla; 1.999.

Antonio Escohotado Historia de las Drogas; Alianza Editorial; Madrid; 1.989.

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