Tijuana va a ser Tijuana siempre

Plantactiva

Tijuana, Baja California.- Una tienda del hombre más rico del mundo está al comienzo de la Revolución, la avenida a partir de la cual se trazó el vertiginoso y caótico crecimiento de esta ciudad que una década atrás tenía la mitad de los 2 millones de habitantes que tiene hoy.

Del Sanborns a donde acaba la emblemática calle hay poco más de un kilómetro de distancia. Caminar este tramo implica ser invitado a entrar a uno de tantos night’s club’s, ver por fuera el Freedom’s -antro favorito de estadunidenses alocados y de los hermanos Arellano Félix en sus buenos tiempos- observar tiendas de artesanías, farmacias y sex shops.

En el vehículo de asalto que avanza en este momento viaja una decena de soldados con el dedo listo en el gatillo de sus fusiles G-3. La cinta asfáltica espejea, luce como un río congelado.

Inyectandose heroina en Tijuana

II

“¿Cuándo llegaron los guachos?”, pregunta un hombre que carga un costal de melones rancios por “El Bordo”, como se conoce a esta zona del canal de agua construido justo en la línea que marca la frontera entre México y los Estados Unidos. Dice que se llama Antonio. Vive aquí donde también acaba la avenida Revolución. En “El Hoyo” como le dice él a su casa: una enorme alcantarilla que entre ratas gigantes, inmundicia y tizne, emana olores hediondos y sirve de refugio para decenas de indigentes.

Las manos de Antonio son ásperas, cochambrosas, están llenas de grietas, tienen las articulaciones inflamadas y a la vez son muy calidas. Hace frío. Con su costal en la espalda, el hombre camina por el revestimiento del Canal. Va dejando a su paso a otras mujeres y hombres que también traen el mismo desamparo que Antonio en sus ropas viejas y pringosas. Se topan y apenas se saludan. Andan como zoombies. Antonio no detiene el paso hasta que se encuentra con un joven dormido sobre la defensa dañada de un automóvil. Lo despierta. El joven abre los ojos, enojado. La miseria molestando a la miseria.
Luego Antonio voltea a verme y pregunta: “¿Qué quieren los guachos? Tijuana va a ser Tijuana siempre”.

III

En Tijuana hay alrededor de 8 mil “tienditas” y “picaderos”, sitios donde se vende droga al menudeo, según un informe de la PGR. Un promedio de 5 mil delitos contra la salud se cometen al año, trece por día, algo proporcionalmente inigualable en cualquier otra ciudad del país; 1 mil 019 violaciones a la Ley de Armas y medio centenar de casos de tráfico de personas, también se resaltan en el documento.

La Cámara de Comercio local dice que no hay un solo día del año en que no haya un empresario que esté bajo secuestro. Entre 1999 y 2005 murieron por lo menos 854 personas a causa de sobredosis de drogas. Cien por año. El 60 por ciento de las armas que circulan en el país entran por aquí, según informes federales. Sin problema alguno, rifles, escuadras y revólveres son adquiridas en las miles de armerías que hay en el vecino de estado de California, el lugar donde se consume la mayor cantidad de droga en el mundo.
Y el flujo del narcotráfico, la actividad en torno a la que gira el resto de las actividades del crimen organizado, no para con el paso del tiempo. Por el contrario, crece. Un informe divulgado el jueves por la policía de San Diego estima que entre octubre, noviembre y diciembre de 2007 se decomisaron 12 mil 127 kilogramos de mariguana, un incremento del 126 por ciento con respecto a lo decomisado el año pasado por las mismas fechas.

Hay lugares que parece que surgieron por casualidad, a la buena de Dios, como los dados tirados sobre la mesa. Para no pocos Tijuana es uno de esos lugares y no nada más por el hecho de que el Zar de las Apuestas del país, Jorge Hank Rhon, resida aquí y la haya gobernado.

Inyectandose heroina en Tijuana 2

IV

Antonio estuvo viviendo hace mucho en Matamoros. Intentó pasar droga a los Estados Unidos. Lo detuvieron y luego lo deportaron al Penal del Topo Chico, en Monterrey. Eso cuenta. Ahí dice que se hizo fan de Alicia Villarreal, la antigua vocalista del grupo Límite. Luego vino a dar a Tijuana.

Le gusta el Cristal, la cocaína y la heroína. Sin importarle que lo fotografíen se coloca una jeringa –una “erre” le llama él- en el brazo y luego en la pierna. La droga está dividida en pequeñas dosis que parecen plastilina que primero se derrite y luego es derramada dentro de una jeringa. Otros de los que viven en “El Hoyo” se meten la heroína por el cuello, la lengua o por la parte baja del pene. No importa cuál. El caso es encontrar alguna vena visible porque con el paso del tiempo y del vicio, éstas se les van desapareciendo.
Antonio tiene 34 años. Parece de 50. Dice que no puede dejar la heroína. El Bordo es una cárcel. Una prisión inmensa de la que parece imposible salir. Los que viven aquí alguna vez intentaron cruzar como ilegales a los Estados Unidos pero quiensabe cuándo el sueño americano se convirtió en la pesadilla tijuanense. Antonio y los demás viven ahora para consumir la heroína, la consumen para vivir. Se pinchan un promedio de 5 veces al día y su único alimento es un “platillo” típico de la cocina tijuanense llamado Tostilocos, cuya receta consiste en una bolsa grande de frituras marca Tostitos retacada de tamarindo, cacahuates, clamato, chamoy, salsa casera, limón, pepino, cueritos y lechuga.

Tijuana es una ciudad bajo control del Ejército.

V

El Chava, El Javi, El Güero, El Burro, El Pelón… ¿Cómo conocer el nombre real de ellos? Ninguno trae papeles. Antonio podría llamarse Javier o Miguel. Imposible saberlo a ciencia cierta. Como quiera Antonio, no es nadie para el Estado. No sólo por el abandono en el que vive, sino también porque ninguna autoridad conoce su verdadera identidad. A nadie le importa. Toda la ciudad sabe la existencia de este lúgubre lugar pero a nadie asombra ya. Académicos, periodistas, activistas, sacerdotes, ciudadanos de pie y funcionarios responden con fastidio o con bromas, depende el tiempo que se les quite, cuando en alguna entrevista se les toca el tema de los picaderos de “El Bordo”.

Los amigos de Antonio que se han muerto por consumir heroína van a dar a la fosa común municipal. “Sin nombre”, es como se les identifica en la papelería oficial y en las notas periodísticas, que cada vez reseñan con menor asombro este hecho. ¿Para qué? Los del “Hoyo” viven hasta el final al margen de las instituciones. Su previsible y anónima muerte es un indicador y tal vez incluso una definición de la tragedia que vive esta ciudad. Son sus cadáveres vivientes

VI

Todos los fotógrafos tratan de hacernos recordar, de que no olvidemos lo que podrías olvidar. Tízoc Santibáñez, fotógrafo del periódico Frontera me acompañó a “El Hoyo”. Tízoc tiene tiempo retratando lo que está a la vista de todos pero nadie ve.

Ha captado muchas fotografías. Una de ellas es la de Cristina García, una mujer de 38 años que parece una anciana. Su brazo ya está todo agujereado. Mientras la cámara la capta esboza una especie de sonrisa, en tanto, la heroína entra.

Otra fotografía es la de un joven rubio color pollo que está al borde del Canal, parado, con ropa blanca, tocándose el cuello mientras dos dealers le pinchan una dosis de heroína que cuesta alrededor de 50 pesos. La escena la podía ver cualquiera a distancia, pero con el potente lente de la cámara se pueden apreciar los rostros serenos, impávidos de los que participan en esta especie de ritual que se hace a plena luz del día.
Tízoc tiene tres años haciendo fotos en “El Bordo”. Ha convivido tardes enteras con ellos. Serio me dice: “Ni la mitad de los que he fotografiado están vivos”.

VII

Tijuana es un mundillo donde lo legal e ilegal, se confunden.

Tijuana “donde empieza la patria”.

Tijuana de “Tequila, Sexo y Mariguana” de Manu Chao.

Tijuana del acordeón de Julieta Venegas.

Tijuana de Jorge Hank Rhon y su zoológico.

Tijuana del fallecido Jesús Blancornelas y el semanario Zeta.

Tijuana del acordeón de Los Tucanes y de sus corridos al Cártel.

Tijuana de la Tercera Nación Cultural.

Tijuana de los Arellano Félix.

Pero hoy Tijuana está bajo control del Ejército y en los cuarteles militares se dice que Tijuana va a cambiar.

VIII

Para lo único que se aparece de repente la autoridad por aquí es para burlarse de ellos. “¿Caliente o la veinte?”, preguntan algunos policías municipales que llegan a matar su aburrimiento por aquí. La disyuntiva que se les propone es darles una golpiza o llevarlos a la cárcel preventiva, ubicada en la colonia 20 de Noviembre.

Pero entre algunos funcionarios federales se piensa que a veces en El Bordo, lo que matan los policías municipales –mañosipales se les dice- no es nada más el aburrimiento.

El área de inteligencia de la Policía Federal Preventiva investiga desde hace algunos meses la operación de un cuerpo parapoliciaco creado durante la administración de Jorge Hank Rhon, al cual se le conoce aquí como “el comando negro”.

Entre los reportes recabados por los agentes federales está el señalamiento de que mientras se reclutaba a los agentes locales, durante la madrugada, uno de los mandos locales llevaba a El Bordo a unos cuantos efectivos locales. Ya estando ahí, agarraba a un puñado de indigentes y les pedía a los policías que mataran a sangre fría a uno de ellos. El que lo hacía de inmediato conseguía entrar al grupo, el que no, era designado para cuidar los camellones de la ciudad.

Más de veinte policías formaron finalmente parte de ese comando.

IX

Después de colocarse la aguja en el brazo y en la pierna, Antonio me invita a entrar a El Hoyo, su hogar. O entras de veras, o simplemente lo habrás visto por fuera. Dentro de la catacumba, el teléfono celular suena con insistencia. Tengo que reportar para el programa de radio del periodista Ciro Gómez Leyva sobre los operativos del Ejército en Tijuana y la fiesta de Jorge Hank Rhon. Lo hago y Antonio, mi anfitrión, me oye como si yo estuviera hablando de Marte o Australia y no de esta ciudad en la que estamos. Después de concluir mi intervención en la que no he mencionado el lugar preciso en donde me encontraba, Antonio suelta algo que suena a ironía, tomando en cuenta quién y en qué lugar lo comenta.

“Está difícil la situación en Tijuana verdá”, dice.

Y suelta una coz.

X

Ayer, Edgar Quintero de 16 años le cercenó el cuello a Edgar Osorio de 14 años porque estaba “enamorado” de la novia de éste. Tenía celos. Andrea Montiel de 16 años fue aventada de una camioneta negra Gran Cherokee en movimiento. Está en coma. Una banda roba varios cajeros automáticos amarrándolos a la parte trasera de camionetas 4 por 4. Dos ejecutados al estilo de la mafia el jueves y el viernes otros dos, también con el tiro de gracia. Encobijados, entambados, encajuelados y entripados. Lavadores de dinero y el asesino del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, detenidos.

En los cafés, las páginas policiacas de los periódicos se leen como las páginas de sociales. La nota roja aquí es la nota de sociedad. Ahí hay que buscar al vecino, pariente o enemigo, para luego hablar de algo durante la comida o la cena. En muchos lugares del mundo, la conversación sobre crímenes es la más apreciada. Aquí parece ser la única posible.

XI

Donde acaba la avenida Revolución se ve esa miseria moderna que no ocurre en medio de la escasez general, sino que convive con la abundancia. Si al principio de la calle está un negocio del hombre más rico del mundo, “del otro lado” de “El Hoyo” se ven malls, grandes catedrales del comercio, iluminadas y multicolores.

Hace tiempo vinieron unos escritores a leerles poesía a Antonio y los demás. Después de 15 minutos salieron huyendo. Los poetas son de mal gusto. En “El Hoyo” no hay belleza. Nada de belleza.

diego@osorno@gmail.com

Fotos: Tízoc Santibañez

Vía: Milenio