Tintín y los estados alterados de consciencia [2]

Plantactiva

Segunda parte: Alcohol, sueños y visiones

Con la aparición del capitán Haddock en El Cangrejo de las pinzas de Oro, las aventuras de Tintín se enriquecen al introducir un personaje que complementa con sus rasgos decididamente dionisíacos al excesivamente apolíneo reportero. Es bien sabido que Dioniso era el dios del vino y la embriaguez, pero los mitos griegos son polivalentes y también lo era de la locura o el teatro, atributos sobradamente representados en las furiosas invectivas del marino, en su mímica y su lenguaje corporal o en el carácter cómico de sus caídas, tropezones y traspiés. Pero hablamos del alcohol como un rasgo consustancial al personaje de Haddock, hasta el punto de que, en su aventura de presentación, nada menos que el 27 por ciento de las viñetas1 tiene relación directa con esta droga.

La trayectoria de Haddock como bebedor es realmente extraña, y tiene poco que ver con la teoría de la escalada, la pendiente resbaladiza (slippery slope) y demás beaterías puritanas. Archibaldo irrumpe en el universo tintiniano como un despojo, el paradigma del alcohólico terminal que pone en riesgo su vida y la de los que le rodean, capaz de vender a su madre por una copa y de arremeter contra toda una tribu de tuaregs por haberle roto una botella –la última botella– de un disparo. Tras la travesía del desierto (que para Haddock es doblemente “El país de la sed”) se produce la rehabilitación, aunque no en el sentido de la abstinencia, sino en el de una incuestionable debilidad por el trago, sin tintes dramáticos pero alejada de cualquier moderación. No faltan los indocumentados –por lo general tintinófobos– que atribuyen a Hergé un ánimo moralizante en su tratamiento del alcohol, pero está claro que carecen de la menor base y que es su prejuiciosa ignorancia la que les lleva a cometer este tipo de errores. Ya en la siguiente aventura, La Estrella Misteriosa, Haddock aparece como presidente de la Liga de Marinos Antialcohólicos, pero da pie a un gag excepcional cuando los tripulantes del Aurora, en presencia de unos miembros de la asociación que han acudido al puerto a despedirle, le preguntan dónde quiere que pongan la carga: una enorme cantidad de cajas de whisky. En episodios sucesivos y cuando los avatares del guión hagan necesario emprender algún viaje, gran parte del equipaje de Haddock estará formado por botellas de whisky.

A partir de ese momento, y hasta la abstinencia forzosa provocada por un diabólico invento del profesor Tornasol en Tintín y los Pícaros, el alcohol será el segundo compañero más fiel de Haddock –el primero sería Tintín, por supuesto–, unas veces como desencadenante de situaciones cómicas y otras como tónico imprescindible para escalar una escarpada montaña o para poner en fuga a un grupo de enemigos. En ciertas ocasiones (Aterrizaje en la Luna), el viejo lobo de mar creará situaciones de peligro a causa de sus excesos etílicos, pero nunca con la gravedad de las que figuran su primera aparición. Nada es más placentero para Haddock que una o varias botellas de Loch Lomond2, pero el capitán no hará ascos durante sus expediciones a otras bebidas espirituosas como el ron (de gran tradición marinera), el pisco, el aguardiente o el coñac. Por contra, Haddock se suele resistir como gato panza arriba a viajar a Sildavia, donde todo el mundo se empeña en que beba agua mineral (la bebida típica del país).

Si Haddock es un entusiasta partidario del bebercio, Milú no le va a la zaga. De hecho, la primera aparición del Loch Lomond corresponde a La Isla Negra, cuando el capitán aún no ha hecho su entrada en la serie. El fox terrier parlanchín no desaprovecha ninguna ocasión para ponerse pedo y casi siempre termina viendo doble pero, aun siendo un animal irracional, llega a experimentar los dilemas de la buena y la mala conciencia, como cuando en Tintín en el Tíbet se le aparecen su yo angélico y su yo diabólico al tener que elegir entre el placer y el deber. Curiosamente, y también por la bebida, en El Cangrejo de las pinzas de Oro Haddock escucha la voz de su ángel de la guarda que, como no podía ser menos, derrota al demonio del alcohol.

Circula la leyenda de que Tintín es abstemio pero, aparte de una afirmación suya en El Cangrejo de las pinzas de Oro y algún que otro episodio donde rechaza una bebida, la actitud de Tintín hacia el alcohol es, esta vez sí, la de un bebedor moderado –con algunas excepciones que abordaremos de inmediato. Son numerosas las ocasiones en que nuestro héroe se muestra bebiendo socialmente, si bien y a diferencia de Haddock, se inclina generalmente por bebidas de baja graduación, como el vino y la cerveza. Así, en La Estrella Misteriosa acepta la invitación de Hernández y Fernández en una brasserie, pide una pinta en un pub en La Isla Negra, nunca se niega a la copita que le ofrece Oliveira Da Figueira en sus encuentros o acompaña su comida en un restaurante típico de Klow (Sildavia) con una botella de Szprädj, un vino tinto local. Lejos de su imagen impoluta de boy scout, Tintín no duda en utilizar el alcohol para sonsacar a los malos (La Oreja Rota, El Asunto Tornasol) o para chantajear al capitán cuando éste no muestra el suficiente entusiasmo en alguna misión (La Estrella Misteriosa, Tintín en el Tíbet). En cuanto a las curdas, son tres los álbumes en donde el puer aeternus pierde el oremus, empezando por Tintín en el País de los Soviets (con Milú como compañero de juerga), siguiendo con La Oreja Rota (poco antes de que le lleven ante un pelotón de fusilamiento) y terminando con en El Cangrejo de las pinzas de Oro (única vez en la que se ve a Haddock y Tintín borrachos como cubas y entonando cantos regionales en una misma viñeta). Quitando la primera, la otras dos son justificables, la una por lo excepcional y la otra por lo accidental de las circunstancias, ya que ni siquiera llegan a beber, sino tan sólo a aspirar los vapores del vino guardado en una bodega.

En la primera parte de este artículo (ver número anterior de Cáñamo) hacía referencia a los ensueños opiáceos de Tintín en Los Cigarros del Faraón, pero son muchas más las ocasiones en que lo onírico irrumpe en las viñetas de Hergé. En álbumes como La Estrella Misteriosa, muy especialmente en la introducción y algo menos en la conclusión de la aventura, la atmósfera de pesadilla es casi palpable: el profesor Calys, el profeta Philippulus anunciando el fin del mundo, el calor asfixiante que funde el asfalto, las ratas que corren en grupo por las calles, las arañas que aparecen al principio y al final, la enorme seta con los colores invertidos de la Amanita Muscaria, las extrañas propiedades del calisteno… no es en absoluto casual que el álbum fuera el primero que se creó bajo la ocupación nazi de Bélgica. Algunos personajes y situaciones nos remiten a obras como El Gabinete del Doctor Caligari, de Fritz Lang, donde la ominosa sombra del nazismo se proyectaba de forma metafórica. A este período histórico corresponde también uno de los momentos cumbre de toda la obra de Hergé, que encontramos en Las Siete Bolas de Cristal. Se trata de una pesadilla, compartida por Tintín, Haddock y Tornasol, en la que la momia de Rascar Capac entra por la ventana y arroja una de estas mefíticas bolas de cristal en la habitación donde duerme el reportero. Nadie que haya leído el álbum durante su infancia olvidará jamás el descarnado rostro de la momia ni sus cuencas vacías. Damien Dogmael apunta en Tintín et les psychotropes que todos los sueños de Tintín (seis en toda la serie) tienen que ver con la muerte o con la amenaza de muerte. Por el contrario, los sueños de Haddock son mucho más prosaicos y casi de manual freudiano, como cuando el capitán, desnudo y sonrojado en medio de un público de loros que le miran con reprobación indisimulada, asiste a una actuación de la Castafiore transmutada a su vez en loro en Las Joyas de la Castafiore.Una pesadilla recurrente de Hergé fue el desencadenante de Tintín en el Tíbet, álbum-exorcismo que permitió al autor belga librarse de los fantasmas de la culpa y de su obsesión por la pureza, producto de su rígida educación católica (contra la opinión de su psicoanalista, que le aconsejó abandonar la obra), y es un sueño premonitorio de Tintín, precisamente, el motor de arranque de esta aventura, donde el empeño por viajar al Tíbet para rescatar a Tchang hace que Tintín parezca menos cuerdo que nunca.

Esta relación quedaría incompleta sin una referencia a los espejismos que, lógicamente, sólo se dan en las aventuras que transcurren en el desierto. Así, y a medio camino entre el espejismo y el delirium tremens, Haddock toma a Tintín por una botella de champán y está a punto de estrangularle en El Cangrejo de las pinzas de Oro, mientras que los inseparables Hernández y Fernández confunden continuamente los espejismos con la realidad y viceversa en El País del Oro Negro.

A modo de resumen y al hilo de lo anterior, puede que los tintinófilos, cegados por nuestro entusiasmo, veamos en las aventuras de Tintín mucho más de lo que hay en realidad, pero también es muy probable que los verdaderos ilusos sean quienes consideran que los veintitrés álbumes de la serie no son más que tebeos para niños. ¿Quién ve la realidad y quién el espejismo? La respuesta está en las historias de Tintín para quien sepa buscarlas.

Fuentes y bibliografía:

Tintin et les psychotropes

http://www.dogmael.com/tintin/

Tintín y los venenos

http://quiro.uab.es/tox/WTIN/TIN.htm

Hergé et la folie ou Tintin et les medecins, par Jean Hubinon

http://www.objectiftintin.com/whatsnew_Tintin_676.lasso

Tintín y el Mundo de Hergé

Benoît Peeters – Editorial Juventud (1990)

Tintín.El sueño y la realidad

Michael Farr – Editorial Zendrera. (2002)

Conversaciones con Hergé

Numa Sadoul – Editorial Juventud (1983)

Hergé

Pierre Assouline – Ediciones Destino (1997)

Tintín vive. Cien años del nacimiento de Hergé

La Vanguardia, Grandes temas 03. Abril de 2007


1 En Hergé, Pierre Assouline, Ediciones Destino (1997) pág. 253.

2 Hergé inventó el nombre de esta marca de whisky sin saber que existía realmente

http://www.lochlomonddistillery.com/

Alejo Alberdi, en Cáñamo (La revista de la cultura del cannabis), nº 117, septiembre de 2007, pp. 42-44.

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