Un juez se fuma la presunción de inocencia

Plantactiva

Y de una magnífica cosecha, afirmo, pues solo bajo un estado severamente alterado de conciencia, se puede entender una sentencia así:

Un Juzgado de Motril ha impuesto un año de prisión y el pago de una multa de 4.800 euros a un vecino de Almuñécar que cultivaba en el jardín de la casa de su padre tres plantas de cannabis sativa con la intención de vender el producto resultante. Según la sentencia, a la que ha tenido acceso Efe, el 28 de septiembre de 2006 agentes de la Guardia Civil localizaron varias plantas en la zona del jardín de la vivienda del padre del acusado, A.M.D.S.G, que resultaron ser de tres plantas de sativa.

Las plantas habían sido cultivadas y cuidadas por el acusado con la finalidad de venderlas o donarlas a terceros utilizando para ello el domicilio de su propio padre.

A raíz de la intervención se realizó un registro en el domicilio del acusado, al que se le intervino un cogollo de cannabis sativa, tres trozos de hachís y 23 semillas de cannabis sativa.

Las plantas intervenidas arrojaron un peso de más de tres kilos, con un valor de 2.400 euros

A ver, señor juez: ¿Dónde están los indicios (fíjese que no le pido ni evidencias) de tráfico? ¿Dónde los elementos necesarios para el pesaje y distribución de la droga (balanzas, bolsitas, euros)? ¿Qué diferencia ese decomiso, del que se podría hacer en la casa de cualquier cultivador? ¿Sabe usted que las semillas no son en ningún caso ilegales (a ver si consultamos la jurisprudencia)? ¿Y qué medida es esa de ‘un cogollo’ o ‘tres trozos’? ¿Sabe usted, en fin, que la presuncion de inocencia (in dubio pro reo) es un derecho reconocido por la Constitución?

Pues mire, señor juez, conmigo tiene un caso de esos que le harían salivar: cultivo desde hace 20 años, para mi propio consumo, una media de 6 plantas anuales; en mi casa hay todo tipo de libros, parafernalia y útiles de cultivo y siempre, siempre, podrá encontrar algún cogollo por ahí, cuando no bolsas enteras llenas. Y, fíjese qué cosas, no he vendido ni un solo gramo de yerba en toda mi vida, ni tengo la más mínima intención de hacerlo. Es más, tanto en mi caso como en el del pobre jovenzano que ha enchironado, lo que estamos es haciéndole un roto al mercado negro, al que le sustraemos los beneficios de nuestro propio consumo.

Mientras se repone de su monumental cebollón, y medita lo que le apunto, puede consultar sus libros de Derecho Comparado y comparar su delirante sentencia con esta otra, por ejemplo.

Luego se extrañaran de que de ustedes no se fíe ni Dios.